GOYA Y JUAN ALTAMIRAS, ¿ILUSTRADOS O ROMÁNTICOS?

El territorio del actual Aragón atesora en su historia numerosos personajes universales. Baste citar, por ejemplo, a Marcial; al rey saraqustí al-Mutamán; al monarca Alfonso el Batallador, que llegaría a servir de inspiración para que algunos escritores, con sus textos, dieran lugar al mito del rey Arturo y el Grial; Baltasar Gracián;… y Francisco de Goya. Éste último muy bien podría ser presentado como el primer gran reportero gráfico de guerra.

Permítanme hacer una referencia a la razón, a la ciencia y a la tecnología. Y les planteo que vayamos en orden cronológico inverso.

Se dice que, en el momento presente, vivimos en la sociedad del conocimiento y de la tecnología. Hay en el mundo una dura pugna por la supremacía en esta materia: entre Estados Unidos y China. Ambas potencias trabajan en la computación cuántica y en la inteligencia artificial.

Cabe preguntarse: esta tecnología, ¿cómo podría llegar a ser de benefactora para la humanidad? Tal vez no seamos capaces de imaginar cuánto. Lo que sí es cierto es que la condición humana es como es. Lo ha sido siempre, lo sigue siendo y lo seguirá siendo en el futuro.

Por ello, toda nueva tecnología es susceptible de derivar en destrucción y devastación. Ya se han sentado las bases de la guerra híbrida, que todavía no se ha manifestado de una manera totalmente catastrófica. Todo llegará.

Respecto a la ciencia, en el siglo XIX hubo un escritor, Julio Verne, que fue un auténtico apasionado y un profundo conocedor de la misma. Incluso participó en diversos ensayos y experimentos.

En sus novelas predijo lo que estaba por llegar: el hombre surcaría los cielos y las profundidades marinas, y viajaría hasta la Luna y hacia el interior de la corteza terrestre.

Pero también vislumbró lo que el ser humano podría llegar a hacer con todos esos avances, por lo que terminó desencantando, desanimado y desalentado con la ciencia y la tecnología. Quizás adivinó a dónde conducirían éstas: a la Primera Guerra Mundial, que se cerró en falso y que desembocó en la destructiva Segunda Guerra Mundial.

Retrotrayéndonos todavía más en el tiempo, el siglo XVIII fue el de la razón, el de las luces, el de la Ilustración. Dio pie a las ideas revolucionarias que, en el caso de Francia, se llevaron por delante a un rey —Luis XVI— y trajeron a un dictador —Napoleón Bonaparte—.

Éste desangró Europa, algo que constató Goya con sus propios ojos. No miró hacia otro lado ni idealizó la guerra. Sus obras no mostraron a héroes, sino que tuvieron como protagonistas a las víctimas de los horrores, que suelen coincidir casi siempre con el pueblo llano.

Se había pasado de un mundo que ya estaba trasnochado a otro que se había presentado, en un inicio, como nuevo e ilusionante. Y para mostrar la evolución que supuso el paso del siglo XVIII al XIX sirva hacer mención a determinado tipo de viajeros que hubo en una centuria y en la otra.

La aristocracia inglesa veía que su país podía convertirse en hegemón, tomando el relevo de España. Por ello, quiso formar a sus jóvenes vástagos, con el fin de que ocupasen puestos de responsabilidad en el Imperio británico.

Tras finalizar sus estudios académicos, eran enviados durante varios años al continente europeo. Era lo que se denominó Grand Tour. Los alumnos visitaban Francia —París y Versalles— e Italia.

En el país galo aprendían los usos y costumbres de la alta sociedad: acudían a la ópera, adquirían destrezas de baile y esgrima, perfeccionaban el francés (idioma oficial de la diplomacia europea), degustaban manjares culinarios y cataban los mejores vinos, y el champagne.

En la península Itálica no sólo se adentraban en la cultura clásica, sino que además gustaban de tocar sus piedras y ruinas. Roma era su ciudad preferida.

Los ingleses no recomendaban visitar Grecia y España, dado que la primera pertenecía al Imperio otomano y la segunda era un país de incultos y supersticiosos. Eso es lo que decían en Inglaterra, fruto de su hispanofobia. Veían a los españoles como gente de poco fiar.

Tras el viaje erudito o ilustrado, en el que el objetivo principal era aprender, llegó el romántico, en el que la prioridad era disfrutar del destino, vivir la aventura y dar rienda suelta a las emociones. Ahí sí que entró de lleno España como destino, dado que sus habitantes ya eran vistos como héroes, al haber vencido a las tropas napoleónicas.

Junto a la dicotomía razón y emoción, estaba también la dualidad cosmopolitismo y autenticidad. Gustavo Adolfo Bécquer escribió, en el monasterio de Veruela, Cartas desde mi celda. En esta obra denunció que todas las ciudades europeas comenzasen a estar cortadas por el mismo patrón. Estaban perdiendo su identidad.

Él defendió realizar en todas las provincias españolas estudios históricos, sociológicos, arquitectónicos y artísticos, con el fin de conocer y divulgar las peculiaridades de la naturaleza, historia, costumbres, patrimonio y paisanaje de cada territorio, antes de que los detalles fueran difuminándose en el tiempo.

Llegados a este punto, Francisco de Goya y Juan Altamiras, ¿eran ilustrados o románticos? Todas las personas tienen algo de lo primero y también su cuota de lo segundo; nuestros protagonistas no iban a ser una excepción.

Lo que es cierto es que fueron coetáneos entre ellos y casi vecinos de nacimiento: Goya fue alumbrado en Fuendetodos y Altamiras, en La Almunia. Además, el primero no pertenecía a una familia rica y el segundo orientó su trabajo de recopilación de recetas a que fuesen usadas por las economías más limitadas de recursos.

Lo mismo que Bécquer añoró, cuando vivió en Madrid, sus paseos por la ribera del río Guadalquivir, en su Sevilla natal, ¿cuántas veces Goya recordaría con nostalgia, también en la villa y corte, los sabores de su infancia y primera juventud en Aragón? Sabores que, bien seguro, estarían sacados de alguna receta diseñada por Altamiras.

Por ello y por muchísimos motivos que quedan reflejados en el transcurso de las sucesivas ediciones de estas jornadas y esta ágora, incluyamos a éste último —Juan Altamiras— como miembro de pleno derecho en la nómina de personajes universales que ha dado el territorio del actual Aragón.