EL CLERO ARAGONÉS Y LA ILUSTRACIÓN. FRAY JUAN ALTAMIRAS.

El siglo XVIII va a suponer para España el intento político, económico y cultural de colocar a nuestro país en los primeros puestos del pensamiento europeo. Un esfuerzo que dinamitó  la Guerra de la Independencia y, sobre todo,  la política absolutista de Fernando VII.

No todos los políticos del siglo XVIII fueron ilustrados, ni todos los filósofos se convirtieron en embajadores del nuevo pensamiento, ni todos los médicos abrazaron las nuevas prácticas sanitarias…. Por ello provoca extrañeza cuando algunos especialistas colocan a la Iglesia, (así en general y como estamento unitario) como uno de los diques que frenaron la entrada del pensamiento y avances del conocido como “Siglo de las Luces”.

La Iglesia va a tener sus representantes ilustrados al igual que otros grupos de la sociedad. Nadie puede dudar a la hora de colocar entre los ilustrados españoles más reconocidos a figuras como Benito Jerónimo Feijoo, “Padre Feijoo”, que introdujo la reforma universitaria en España, al sacerdote Antonio José de Cavanilles, botánico, científico y creador de una red clandestina para introducir en España, a través de un librero parisino, libros prohibidos por la Inquisición, o al clérigo gaditano Celestino Mutis (aquel que aparecía timbrado en los antiguos billetes rojos de 2000 pesetas) botánico, médico e impulsor de las vacunas como prevención para combatir la epidemia de viruela, entre otros muchos sacerdotes ilustrados que podríamos citar.

Y Aragón no es un territorio singular. Al igual que en el resto de España hay un grupo relevante de clérigos que se convierten en figuras destacadas de la Ilustración aragonesa. Personajes que son protagonistas no sólo de la Ilustración aragonesa sino que tienen su influencia  a nivel nacional y serán los impulsores de una nueva Iglesia, en ocasiones enfrentándose a los dirigentes de esa propia institución. La Iglesia nacida de la Contrarreforma y que se había mantenido anclada en una espiritualidad barroca y trentina iba a ser el destino de la labor y el trabajo reformador de unos religiosos que, desde el interior de la institución, culminaran una línea reformista religiosa, devocional, cultural, social o incluso política.

El siglo XVIII va a cambiar radicalmente esta concepción de la Iglesia barroca. A través de una serie de clérigos ilustrados la Iglesia caritativa de los siglos XVI y XVII se transformara en una Iglesia asistencial. La “limosna al pobre”, que es entendida como vehículo de salvación moral para el que la ejerce, quedará reducida al ámbito parroquial y la Iglesia, como institución, comenzará a transformarse es una Iglesia asistencial. Comienza a preocuparse de los fieles, de la sociedad en la que viven, desde el punto de vista de la educación, del trabajo, de la alimentación o de la higiene. La “sopa boba” se intentará cambiar por la “educación” y aquí entran en liza una serie de sacerdotes y religiosos que intentarán, desde dentro, transformar por este camino no sólo a la Iglesia, sino también a la sociedad.

Y en Aragón nos vamos a encontrar una serie religiosos que personifican esta postura reformista que aunque no mayoritaria, sí fue significativa. Arzobispos, deanes, canónigos, sacerdotes, frailes…, van a tener un protagonismo importante en el Aragón ilustrado. Incluso algunos de ellos van a ser impulsores de entidades que todos consideramos ejemplos representativos de la Ilustración.

Entre 1757 y 1761 se reunían en la casa del Conde de  Fuentes de Zaragoza un grupo de ilustrados bajo el nombre de la Academia del Buen Gusto en las Ciencias y Artes. Treinta y nueve ilustrados bajo la presidencia del Conde de Fuentes entre los que nos encontramos a Vicente Pignatelli, arcediano de Belchite, que actuaba como vicepresidente de la Academia, al Deán del Cabildo de Zaragoza, Antonio Jorge Galván, al provisor del Arzobispo de Zaragoza, a cinco canónigos, un exprovincial trinitario, un fraile de los mínimos, un dominico, el provincial de los franciscanos, un examinador de la Nunciatura, el rector de los carmelitas, un jesuita (maestro en humanidades) o dos mercedarios. Curioso que prácticamente la mitad de estos ilustrados que defendían la educación, la ciencia y el reformismo fueran sacerdotes o religiosos.

En ellos nos vamos a fijar ahora, en ese grupo de clérigos que se convierten en los artífices de una nueva Iglesia. No en todos ellos porque sería prolijo, sino en una pequeña selección que nos permitirán vislumbrar la labor de unos ilustrados aragoneses, sacerdotes o religiosos, que intentan transformar la sociedad actuando desde la fe y la educación.

  Entre los prelados que ocupan la sede arzobispal de Zaragoza podríamos citar como ejemplo de ilustrados a Manuel Pérez de Araciel (1714-1726) que mandó construir una “fabrica de lana” sobre el terreno de un olivar del Arzobispado para ocupar en ella “a los jóvenes más necesitados de la ciudad”. A Tomás Crespo de Agüero (1727-1742) impulsor de la orden de las Escuelas Pías para extender la educación a los niños sin recursos o dotando de recursos necesarios para la creación del seminario de sacerdotes de San Carlos Borromeo para instruir al clero diocesano y que éstos sean los elementos de transmisión de la educación a los fieles. Francisco Ignacio de Añoa y Busto (1742-1764) que enfrentándose a algunos sectores de la jerarquía de la Iglesia (mucho más cercanos al pueblo) impulsó la implantación en Zaragoza de la Compañía de María para extender la educación de los niños entre todas las clases sociales. Bernardo Velarde y Velarde (1779-1782) que para paliar el paro de la ciudad encargó la construcción de una nueva escalera en el palacio arzobispal con la condición de que todos los contratados para la obra fueran jornaleros sin trabajo o medió para conseguir la donación de la biblioteca del marqués de Roda, más de 16.000 volúmenes, al seminario de Zaragoza. O por último el arzobispo Agustín de Lezo y Palomeque (1783-1796) que continuó las obras de su antecesor, construyendo una nueva fachada del palacio arzobispal para repartir jornales, fundó a sus expensas una sala en el Hospital Real de Nuestra Señora de Gracia o fue socio de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País.

Entre los deanes catedralicios citar al ya mencionado Antonio Jorge Galván, miembro de la Academia del Buen Gusto en las Ciencias y las Artes, amigo personal del Conde de Aranda y un gran defensor de la educación hasta tal punto que solía sufragar de su propia fortuna personal la educación de los niños abandonados. Fue un defensor acérrimo de la arqueología hasta tal punto que el monarca Carlos III lo comisionó para perseguir las falsificaciones arqueológicas.

Otro deán que podemos incluir sin lugar a duda es Juan Antonio Hernández Pérez de Larrea, miembro fundador, cuando era aun canónigo de la catedral, de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del Pais (1776), llegó, ya siendo Deán del Cabildo catedralicio, a ocupar la presidencia de esta entidad ilustrada. Creó una escuela de matemáticas y fue el impulsor de las cátedras aragonesas de química, botánica, matemáticas o economía. Eminente botánico y conocedor de la moda existente en su época de adquirir flores secas como ornamentos florales de las grandes casas, a unos costes muy elevados pues eran todas de elaboración francesa, promovió una escuela en Zaragoza para enseñar a los jóvenes esta técnica y abaratar la adquisición y dar una forma de sustento a un grupo de jóvenes necesitados. Incluso en su magnífico retrato que se mandó hacer como Deán de la Seo, ordenó se colocara uno de estos adornos florales como difusión a la labor de esta escuela. Fue protector de Ramón Pignatelli en muchos de sus proyectos y actuó como salvaguarda ante los continuos ataques de la Inquisición al canónigo ilustrado. En su casa, el Palacio del Deán, se celebró la primera sesión de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis.

Otro miembro del Cabildo catedralicio fue el canónigo Antonio Arteta Monteseguro, integrante del grupo fundacional de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. Fue un gran estudioso de la política económica y muy pronto se adscribió al grupo más vanguardista del clero zaragozano. Preparó junto a sus compañeros de la Económica del Plan Gremial para la reforma de los gremios y cofradías vaciándolos del poder que todavía detentaban y favoreciendo el mercantilismo y la libre actividad industrial. Este proyecto y estudios publicados como el Discurso instructivo sobre las ventajas que puede conseguir la industria en Aragón provocaron que fuera denunciado por compañeros suyos ante la Inquisición por conducta inmoral, ya que mantenía relaciones estables con una mujer casada. Su influencia ante los ilustrados de la Corte de Carlos III le permitió suavizar la condena. Es el autor de diversos estudios que abogan por un impulso al comercio exterior de la industria aragonesa y es un entusiasta de los estudios para implantar la navegabilidad del Ebro como camino al progreso comercial e industrial de Aragón. Analiza las posibilidades de la exportación de productos aragoneses a mercados americanos a través del Ebro poniendo como ejemplos el desarrollo de otras ciudades como Cádiz o Barcelona. Fue un gran difusor de las nuevas técnicas de aprendizaje de la lectura en la infancia. Esto le llevó al final de su vida a estudiar los problemas fisiológicos, pediátricos y pedagógicos relacionados con el nacimiento, el cuidado físico, la alimentación y la instrucción de los niños.

Pero de todos los clérigos ilustrados aragoneses sin duda el más relevante es  Ramón Pignatelli y Moncayo (1734-1793). Quinto hijo de la familia Pignatelli, ostentaron el condado de Fuentes su abuelo y su hermano, formó parte de una de las familias con mayor peso político y social de Aragón. Esto, unido a su formación italiana, lo convierten en un gran defensor de las nuevas ideas de la ilustración. Comienza a preocuparse de los fieles no sólo desde el punto de vista moral sino también como elementos sociales. Al pobre no hay que darle limosna, hay que darle trabajo, es uno de sus lemas. Y lo pone en marcha en instituciones tan vanguardistas como la Casa de la Misericordia, con el apoyo directo y personal de personajes tan influyentes como el Conde de Aranda o el Conde de Floridablanca. Intentó vaciar las calles de Zaragoza de pobres y pedigüeños y a todos ellos los llevaba a esta institución donde les daba techo, comida y un trabajo (allí se fabricaban, en unos grandes telares, buena parte de las velas de los barcos españoles). Una vez instruido podría tener un futuro digno con su trabajo para beneficio de toda la sociedad.  Pero aquel que no quería ingresar en la Misericordia, que no quería salir de la mendicidad, era expulsado de la ciudad. Incluso llegó a construir una nueva plaza de toros, con un moderno sistema de financiación con el gremio de carpinteros, para dotar económicamente a la Real Casa de la Misericordia. Fue protector e impulsor de la construcción del Canal Imperial, en el que veía un motor económico por su repercusión en la agricultura y en el comercio. Pero no sólo centra su labor en el mundo asistencial o económico, sino que su labor cultural quedó de manifiesto en la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, del que es uno de los miembros fundadores. En 1784, y a instancias suyas, la Económica pone en marcha la “Escuela de Dibujo de la Económica Aragonesa” (germen de la posterior Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis) prestando el patio de su casa (el conocido actualmente como Patio de la Infanta) como lugar para las clases. Personaje muy ligado a su ciudad, nunca quiso dar el salto político a Madrid, ha sido uno de los zaragozanos que transformaron Zaragoza y consiguieron convertirla en una de las grandes ciudades españolas. Pacificador en el Motín de Pan (1766), condecorado con la Cruz de Carlos III o ser el único aragonés citado por el aventurero Giacomo Casanova en sus memorias son algunos de los datos que lo convirtieron, en vida, en uno de los zaragozanos con mayor prestigio social, político y cultural de su época.

Y en este grupo debemos incluir al fraile franciscano Raimundo Gómez, conocido como fray Juan Altamiras, autor de uno de los más célebres libros de cocina que titula como Nuevo Arte de la cocina española y que firma con un pseudónimo, posiblemente para evitar probables censuras. El libro es mucho más que un compendio de recetas destinadas a las grandes mesas, el recetario se convierte en un verdadero manual de alimentación en el que se recogen productos que estaban en los mercados diarios que abastecían a la población. Sin duda, Raimundo fue un buen cocinero, un gran lector (se aprecian referencias en su recetario a obras anteriores) pero también pudo ser conocedor, o incluso seguidor, de toda esa corriente ilustrada que estaba preconizando una parte del clero y de la nobleza de su ciudad. No tenemos noticia de que participara en esas tertulias de la Academia del Buen Gusto, a la que asistía el provincial de los franciscanos, pero seguro que era conocedor de esas nuevas corrientes de una iglesia que estaba intentando educar, en todos los aspectos, y también en el de la alimentación y la sanidad, muy unidos ambos, a los fieles. Además es curioso como el convento de San Diego de Zaragoza, al que estuvo muy unido Raimundo Gómez en dos épocas de su vida monacal, es una fundación del VII Conde de Fuentes, Juan Fernández de Heredia y Cuevas, nacido como Carlos, el cual se encuentra enterrado en ese convento. Por ello sería fácil la cercanía de los frailes de San Diego con la Casa de Fuentes. Que el cocinero de San Diego participara en las tertulias organizadas por el XVI Conde de Fuentes, Joaquín Anastasio Pignatelli de Aragón y Moncayo, o su hermano Ramón, no está documentado y tal vez sea improbable, pero es muy posible que sí supiera, recordemos que era cocinero y como tal sus movimientos por la ciudad eran asiduos, la nueva corriente de pensamiento que se iba extendiendo por la ciudad por ilustrados como Ramón de Pignatelli o su hermano el Conde de Fuentes. Un Conde que al fallecer en 1776 el párroco de San Gil de Zaragoza proclamó que “había muerto el Conde de Fuentes, un pecador empedernido, impío y volteriano”. Sin duda el párroco de San Gil representaba todavía a esa otra iglesia barroca y trentina.

Y no sólo fueron éstos, hubo muchos más clérigos y religiosos que se implicaron en dar un impulso a la sociedad aragonesa. Podríamos continuar este elenco citando a clérigos ilustrados como el escolapio Juan Francisco de Jesús, que abrió una escuela de geometría en Zaragoza a mediados del siglo XVIII; a Francisco Andrés Ustarroz y Sancho, sucesor del anteriormente citado párroco de San Gil y que promovió la construcción de la magnífica sacristía parroquial; al cura de Juslibol , Félix de Latassa y Ortín que escribió la Biblioteca de escritores aragoneses;al historiador y matemático Joaquín de Traggia; a Basilio Boggiero Spotorno, conocido como padre Boggiero, poeta latinista y colaborador en la creación del “Semanario de Zaragoza”, un periódico de divulgación científica, histórica y literaria; al sacerdote economista Dámaso Generés; o al médico y biólogo Antonio José Rodríguez, monje en Veruela.

Estos y otros muchos fueron los clérigos que hicieron posible el cambio de la sociedad. De su mano entran nuevas formas de entender el arte, la política, la ciencia, la filosofía, la medicina, la sanidad, la alimentación o incluso la nueva religiosidad. Y a través de ellos se extiende entre los fieles el pensamiento del nuevo mundo ilustrado, un pensamiento y unos hombres que diseñaron las líneas fundamentales para la construcción de una sociedad que fue la que consiguió establecer la base del Aragón que hoy disfrutamos. Siempre estaremos en deuda con ellos.

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